PANEGÍRICO
Hace muchos años que Enrique Morente ha estado de una forma u otra en mi vida. En mi casa, el flamenco siempre se ha vivido intensamente. En las reuniones familiares festivas, mi padre y mis tíos, sobre todo uno de ellos, José Escánez Gómez, cantaban cosas de Enrique. Hoy, mi padre no está con nosotros; mi tío Pedro también partió, y José está como raptado por sus recuerdos. Siento, con la muerte de Enrique, como si se fuera esfumando parte de mi mundo.
No conocí a Enrique Morente, pero gracias a la especial relación que mi hermano Marcos Escánez Carrillo ha tenido con él en los últimos años, tuve el honor de participar con un texto para la carátula de uno de sus discos, la reedición de Alegro Soleá y Fantasía de cante jondo, que se hizo en 2008. Aquí os lo dejo, escaneado, para que lo leáis, como un homenaje póstumo que Enrique no necesita. Como un homenaje a todo ese mundo que me ha invadido súbitamente la memoria y que he sentido casi perdido.
Gracias, Marcos, porque tú eres el necesario vínculo que me permite recobrar, aunque sea de vez en cuando, el anhelo de mi historia.
José Escánez Carrillo.
FICCIÓN
“No entiendo para qué lees tanto. Te vas a quedar ‘morro’ de estar agachado ahí, y medio ciego…”, me dice mi suegra a la que veo enredada cortando sandía para los nietos con metódica paciencia sobre la mesita plegable que nos hemos traído a la playa, y que hacía bloque en el maletero de mi sufrido auto con una nevera tamaño familiar, hamacas y silletas, la sombrilla, toallas y protectores solares, ropa y bolsas diversas con las viandas más sufridas, el pan y los útiles indispensables para hacer bocadillos, cortar las tortillas de patatas, platos y vasos de plástico, cubiertos desechables, y algunas otras cosillas por si aquello de que hagan falta y que no ha al caso nombrar. Digamos, por si no lo han adivinado, que me hallaba con toda la familia pasando uno de esos entrañables y extraordinarios días de playa que tanto ilusionan. “De verdad que no veo qué puedes sacar de los libros que no puedas dejarlos por un día y disfrutar de la realidad, porque todo eso que lees son mentiras, son novelas, cosas inventadas…”, insistía sin mucha convicción, bien es verdad, no tanto porque hiciese falta mi intervención en cualquier faena playera (me exime de ellas porque soy muy torpe y lo sabe) como porque ella considera que vivo en una especie de sueño de la cultura, y que algún día se me puede secar el cerebro como a D. Quijote. Cree que me aparto de la realidad cuando leo, para ella la ficción no es una realidad, ni la cultura un medio en el que vivir sino un lujo para desocupados.

No la culpo. Basta asomarse a la programación de las distintas cadenas de televisión para darse cuenta de cuál es la composición de las aspiraciones de la mayoría de los españoles que las ven habitualmente. La tendencia a llenar la programación con espacios de bajo presupuesto cuyo fin es presentar la realidad como espectáculo triunfa. Para ello sólo hace falta dinero y una buena infraestructura, y todo depende de la fórmula por la que se opte, porque algunas son francamente baratas: si no son los programas de sucesos macabros, serán los realitis chous que bien con entrevistas a personas que viven determinadas situaciones ‘anormales’, o bien con recortes de vídeo con accidentes, acciones policiales, robos, agresiones, etc., satisfacen lo más enfermizo de nuestra curiosidad, u otros que alimentan el afán de sapiencia que siempre han demostrado los españoles por las vidas ajenas llevándolos hasta la paradoja legal de que la libertad de prensa estirpe de raíz el derecho a la vida privada de unos personajes que por públicos pasan a ser íntimos de todos.
Hemos llegado al punto en el que pensamos que la realidad no nos afecta, que es algo que les sucede a otros porque nuestra realidad es sólo la normalidad y en tanto que normal, nuestra vida es vulgar. Pero la verdad es que la realidad es vulgar; cualquiera puede fabricarla. No hace falta talento para crear realidad, sólo medios para recogerla, aislarla y proyectarla, y hacernos sentir vulgares ante lo real anormal que siempre les pasa a otros. Por eso se ha eliminado la cultura (o casi) de la programación, porque la cultura nos hace anormales y hace posible que uno pueda vivir varias realidades o percibir su realidad como anormal.
No se le puede vender ese producto a quien ve en la realidad que venden los mass media como carnaza con la que unos carroñeros salen de una realidad normal para vivir el sueño de una prosperidad real.
Ante todo esto prefiero la ficción. Para crear ficción hace falta inteligencia, oficio, observación, talento en suma; ya sea la ficción de las novelas como la de la sección nacional de los Telediarios.
“Ya tengo bastante realidad con mirarme a la cara todas las mañanas, María.”, le conteste a mi suegra para que se riera conmigo.
José Escánez Carrillo.



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