PALABRAS

Hasta cuando parecen desterradas, innecesarias, decrépitas, y parece que sobran y se parapetan tras el hueco que deja la voz que no les da vida; manidas ya, gastadas de estar en labios ajenos o henchidas por el soplido infame de los reinventores de ideas, son una caricia las palabras que desde oscuros sedimentos afloran imprescindibles para construirnos.
Íntimas extranjeras, cómplices alevosas, siempre nuevas aunque se arrastren por los siglos como serpientes ancianas. Nos degluten, nos vomitan, nos desgarran el entendimiento si no son dichas; nos entumecen la voz, la diluirían si no las ‘renaciéramos’, si no las limpiáramos de la mugre amniótica del pudor; y se abortarían, moriríamos con ellas de silencio, cuando la nada fuera silencio, si el silencio fuera la nada.
Oficiamos el rito de ser, y son las palabras nuestros cimientos y nuestro andamiaje. Quién, qué, qué entidad, qué dios, qué hombre sabe, sospecha acaso, quiénes somos, qué no somos. Quién puede sustraernos el derecho, la capacidad de redimir significados, curarlos de su promiscuidad inocente, comprimirlos, estrujarlos, destilar su esencia en el alambique de nuestra circunstancia; convertirlas en agentes de la carne que somos para que su tópica fonética deje de taparnos celosamente, para que sean sólo un velo cayendo al pie de nuestras aspiraciones, y dejen de amontonarnos, empequeñecernos, de trivializarnos…
Como las serpientes, también mudan la piel las palabras. El tiempo las torna ásperas y rígidas, les absorbe el sentido, les reseca el color y las arruga sobre la materia que las sustenta; hasta que un día, en cualquier improvisada arista de la Historia, se quedan vacías y frágiles, opacas, como una mentira. Debiéramos, entonces, recoger sus restos incoloros con cuidado, depositarlos con amor sobre nuestra soledad y velar su memoria. Si acudimos al doctor cuando nos duele la cabeza, por qué no vamos al diccionario cuando nos duele el vacío. Hay tantas palabras hueras en esta arista de la Historia a punto de deshacerse que asusta decirlas, que da grima recordarlas, que estremece añorarlas.
Esta noche he velado un par de ellas que encontré ayer tiradas. Las dejó el ínclito valedor de los derechos sociales, José Luis Rodríguez Zapatero, llamando ‘logro’ sin precedentes al ‘ultraje’, ‘esperanza’ al ‘sacrificio’, y entendiendo que la ‘dignidad’ es solo un ‘proyecto de futuro’.
José Escánez Carrillo

deja un comentario