EL CUENTO ES BIEN SENCILLO

El cuento es bien sencillo:
Usted nace sufriendo. Es arrojado al mundo entre gritos de dolor dulce y acompasados jadeos. Y parece entender, porque llora; pero no. Amanece pronto a contemplar colores y formas que le cercan y a reconocer la voz que antes percibía con sordina. Aprende a reclamar comida con insistencia y, con lógica quietud, duerme arropado en el doble sueño del pecho que se entrega y el primario recuerdo de la paz placentaria que ya añora.
Usted crece y al crecer va descubriendo misterios. Las cosas se le ofrecen como un críptico homenaje que aún no incorpora el uso. Usted se llevará a la boca todo lo que toque para ir perfilando el mundo según su sabor, mientras alguien le repite, con parsimoniosa persistencia, la mentira inocente de una palabra.
Usted aprende imitando los sonidos, y los percibe como un ritual con el que recuperar la alegría. Y poco a poco irá colocando una cosa en otra, y a cada secuencia de sonido le corresponderá un concepto, y a cada concepto, una cosa. Acaso sea así como perdemos la magia de lo táctil y vamos internándonos en el peligroso trabajo de reconocernos algo más que acreedores de placer y sueños.
Usted se espiritualiza. Descubre emocionado la infinitud del cielo, la fugacidad de la vida, y a un ‘ser’ tan pequeño en un ‘yo’ tan absurdamente grande. Entonces le hablan de Dios. No se molesta en aprehender esa idea más allá de creer que existe, porque existe y no hay idea que aprehender. Para qué intelectualizar lo que es misterio. Usted sufre, entonces, de verdad por la suerte del hombre, su soberbia y su miseria, y contempla horrorizado el dolor y la injusticia. Admira la renuncia y decide superar el deseo y poner freno a pasiones excesivas. Decide agregarse, formar parte de una verdad inefable, transustanciar en usted la esencia de lo que todo lo explica; la bondad y la entrega.
Usted toma votos y se ordena, dice misas, asiste a desvalidos, vive en la pobreza y en la pureza, sufre, trabaja y llora… Y un día le llaman para asistir a un moribundo. Usted sube a su coche con sus pertrechos para administrar perdón y asegurar serenidad en el último trance al desdichado en el que piensa con verdadera misericordia. Conecta la radio y escucha, tras una musiquilla vibrante, las noticias. Una voz metálica que lee sin saber muy bien qué, le cuenta en la soledad acristalada de su auto que por fin el Vaticano excomulga a los que durante tantos años ha consentido ser pederastas y que un sacerdote, presidente de una entidad bancaria con fin social, se ha asegurado su jubilación con una póliza de casi tres millones de euros. Y piensa que cuando se encuentre ante el gesto ausente del que agoniza no sabe muy bien qué le dirá.
José Escánez Carrillo

Muy bueno!
Gracias, Oscar.
Esta es tu casa cuando quieras.
Yo he visitado también tu blog y es muy interesante. Te pongo en el Reader.
Un abrazo.