SÍNDROME POSTVACACIONAL
Ayer fue el primer día del otoño y, en mi último día de playa, ya comenzaba a desperezarse el invierno liberando hordas de ambiguas nubes para que iniciaran su trashumancia desde el poniente, inaugurando el eterno ritual de poner cerco a la vida con su manta de hojas muertas y la gélida caricia del mistral. Mi piel ha protestado con el postrer abrazo de un Mediterráneo desabrido que, como una amante despechada, reprocha el aplazamiento impuesto a su pasión. Como todo ser primario entiende que la pasión no tiene plazos. Sin embargo, ha depositado un beso de encaje en mis pies cuando ya me iba; me ha tendido una alfombra de filigranas blancas; me ha puesto una caricia porosa y fría en los tobillos, una cadena invisible, como hacen las amantes sabias cuando uno se marcha: te miran, te acarician distraídamente, y ya saben que volverás, que vivirás prendido de esa caricia, de ese beso mientras estés lejos, ya saben que han dejado una herida indeleble que sólo ellas saben curar.
Vuelve uno a cubrir con la ropa el impudor de una preocupación ya antigua. Los michelines que te recogías azorado ante el espejo han crecido con el ocio, con las cenas al aire libre y las tapas de los merenderos. Y, aunque miras con disgusto ese abultamiento abdominal, sabes que aguardan agazapados los horarios, los reglamentos y la fina trama de las responsabilidades ineludibles, formadas en hilera, en una luctuosa procesión de insatisfacciones.
Mientras un sol oblicuo y tímido deposita en mis hombros una calidez amable de la que apenas soy consciente, he recordado el desconcierto de mis nueve años cuando, perdido en el desafecto de un nuevo colegio, pensé que era más fácil volver al trabajo si llovía; que la lluvia le daba al verano recién acabado calidad de ensueño y eso lo preservaba de la realidad. Entonces aún dormía por el anestésico de la ignorancia, y el cordón umbilical que me unía a la vida me alimentaba con fantasía.
Hoy he abierto el periódico: me han vuelto a informar de que no todos los dictadores son sátrapas, de que los derechos humanos siguen valiendo más según las reservas de petróleo del país que haya que invadir, de que “a río revuelto” ganancia de los de siempre. He entendido del todo que la democracia es solo liturgia y la soberanía una falacia, pero que en su nombre unos señores con i-Phone ganan y gastan un dineral en tomar decisiones que no sirven para casi nada. Otras dos mujeres asesinadas por sus parejas, la caridad cristiana desahucia a una familia de nueve personas con todos sus miembros en paro, golean Madrid y Barça y un señor se ha gastado una millonada en unas medias de Marilyn Monroe. Atentado en Afganistán, tifón en Japón, protestan obreros en Sevilla y okupas en Bilbao, los profesores protestan, los estudiantes protestan, África protesta su hambre, el aire protesta, el mar protesta,… Y protesta mi hija para que le dé el desayuno porque ya llega tarde al colegio; y entonces, sólo entonces, se ha roto la burbuja en la que estaba. Se ha roto sin estrépito, se ha deshecho dejándome muy lejos del alimento de los sueños. Todo sigue igual, me he dicho.
Pero sé que intentar el retorno a la paz de la ignorancia sería una forma de perder la esperanza.

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