La cinta de Moebius (fragmento).
Él está frente al escaparate de una librería. El cristal le devuelve una imagen traslúcida de sí mismo, mezclada con la algarabía de colores que desde las portadas de los libros se arrojan hacia él, desvaídos y amplificados por la luz fantasmal de los tubos de neón. Apenas si nota el helado aliento con que el invierno susurra su presencia desde el umbral de esta noche, tan húmeda y limpia como la mirada que no reconoce suya en la extensión profunda del cristal.
Sí, son sus ropas las que ve, pero no las de ahora, sino las de hace 5 años: su cazadora burdeos de material indefinible, raída y deformada por los codos deja ver el cuello de la camisa de franela que exhibe un ominoso cerco negruzco bajo la pelambre desigual; son sus pantalones de pana gruesa y apelmazada, demasiado anchos y gastados. Y también es suyo el óvalo de ese rostro masacrado por el sueño, y la barba rancia y gris que le agria el gesto con una irreparable mueca de desprecio. Sin embargo, los ojos, sus ojos no tienen la mirada de entonces.
Ve también el rastro fugaz que al pasar a su espalda dejan los clientes del establecimiento, cuya prisa, mecánica y superflua, se torna real cuando lo ven. Se apoya en una de las esquinas de la entrada al profundo pórtico triangular que conduce a la puerta de la librería y a cuyos lados se extienden los escaparates con las novedades expuestas de un modo aparentemente caótico, pero indudablemente calculado por algún peregrino estudio de mercado.
Ya se están encendiendo las farolas con sus obscenos parpadeos de fulana menesterosa que se ahorra el brillo de cualquier coqueteo y tramita caricias grisáceas de operaria con prisas. Esas bombillas anaranjadas le dan a todo el aspecto del ámbar turbio, y desde lejos la densidad del aire se torna opaca hasta crear la sensación de que una enorme burbuja ocre y gelatinosa hubiese caído de pronto sobre los colores. Incluso el asfalto pierde su dignidad de testigo enlutado, de austero notario de breves derrotas.
Se recuerda golpeando el suelo desmañadamente con unas descomunales botas sin cordones en las que bailaban sus pies entumecidos por el frío. Por un momento quiere dejarse llevar. Desea que su compañera de entonces, Lola, lo agarre por un brazo y tire de él hacia esa especie de normalidad en que se habían convertido la abulia y el desencanto. Desea seguir habitando el oscuro cinismo que lo llevaba, cada noche, a anegar su memoria con tragos que le ayudaran a mantener la quimera, la paradoja de parecer feliz en el centro mismo de la inmundicia. No pensar. No recordar; desasirse de esa mirada ajena que ocupa su rostro en el escaparate para seguir sintiendo a diario el calor fláccido de los senos de Lola punzándole la espalda.
Arriesga de nuevo su mirada hacia el escaparate con una incierta sensación de miedo. Teme, y a la vez anhela, encarar su reflejo y que esos ojos sigan ahí. Tarda en enfocar el espectro de su cuerpo porque su mirada se ha ido al fondo, al estudiado caos de los libros; y, cuando lo consigue, un curioso pliegue de su imaginación, o del tiempo, le observa con una mirada que ahora no tiene más remedio que reconocer como propia.
La puerta de la memoria está en su seno. Es como La botella de Klein, «una abertura que se extiende hacia su interior. Una especie de embudo sin salida porque desemboca en sí mismo. Un tubo que, por muchos vericuetos que tenga, da siempre a una oquedad que es a la vez el tubo mismo y su cara externa; una oquedad que nunca es posible llenar ni vaciar del todo; la alegoría más brutal de la persona. La botella de Klein… Un hueco -decías en tu libro-. Un tubo vacío que se ensancha hasta unir sus extremos replegándose sobre sí mismo. Una especie de infinito con volumen. Conducto y depósito. Todo lo que eres.»![Cinta_de_Moebius_II[1]](http://albalonga.files.wordpress.com/2011/11/cinta_de_moebius_ii1.jpg?w=211&h=300)
Descubres de pronto la falsedad de la imagen plana y estática que crees ser tú. ¡Pero qué hostias! Eso a nadie le gusta, ¿no es cierto? A quién vamos a engañar. No es suficiente teorizar. Tú ya lo sabes. Es necesario mancharse con el fluido viscoso que los recuerdos segregan, identificar los surcos tallados en el gesto por la cadencia ácida del tiempo, recorrer la accidentada geografía del alma hasta perderse en sus pliegues, y caer en sus trampas, y sacudirte el polvo, y seguir, seguir, seguir construyendo el engaño de una integridad cuarteada, como un vidrio que devolviera la mirada inconexa de los días.
No sé qué haces aquí, sondeando una imagen difusa; aquí, en este mismo escaparate de hace cinco años, zozobrando, como entonces. entre los restos de una identidad deshecha justo cuando empieza a cobrar sentido la azarosa arquitectura de tu conciencia. Hoy, tu nombre, en letras de molde, corona la angustia que estás vertiendo a ambos lados de este mismo cristal; escudriñas un signo al que asirte, una breve señal, un guiño cómplice en medio de un marasmo de sensaciones. Vas del primer plano de tu imagen reflejada al reflejo, quizás inconsciente, que sueña, mudo y helado como un suspiro de papel.
La cinta de Moebius; de entrada el título no dice nada; tu nombre tampoco. Es sugerente la foto de la portada: las hormigas caminando en procesión por la superficie reticulada de un ocho plano del que no se puede discernir cuál es el anverso y cuál el reverso. Inquietante metáfora. De momento nadie repara en ti.

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